San Jerónimo, el sabio estricto (II)
Mitos y cavernas, columna de Carlos Evia Cervantes: San Jerónimo, el sabio estricto (II)
Jerónimo fue un santo nacido en Dalmacia que estuvo en el desierto haciendo penitencia para vencer las tentaciones. Cuando regresó a Roma le encargaron traducir la Biblia pues las versiones que existían en ese tiempo tenían muchas imprecisiones, según Eliécer Salesman.
Jerónimo, que escribía con gran elegancia el latín, tradujo a este idioma la Santa Biblia, y esa obra fue la llamada Vulgata o la versión hecha para el pueblo y fue la Biblia oficial para la Iglesia Católica durante 15 siglos. En los últimos años ha sido reemplazada por traducciones más modernas y más exactas, como por ejemplo la Biblia de Jerusalén.
Con 40 años de edad, Jerónimo fue ordenado de sacerdote. Aun con sus altos cargos en Roma, la dureza con la que corregía ciertos defectos de la clase social alta, le trajeron envidias y rencores. Él decía que las señoras ricas tenía tres manos: la derecha, la izquierda y una mano de pintura. También afirmaba que a las familias adineradas sólo les interesaba que sus hijas fueran hermosas como terneras y sus hijos fuertes como potros salvajes; decía que los papás eran brillantes y mantecosos, como marranos gordos.
Muchas mujeres que antes habían sido fiesteras y vanidosas, ahora por sus consejos, se volvían penitentes y dedicadas a la oración, gracias al modo tan estricto que él tenía de conducirlas hacia la santidad. Pero no todos lo aceptaban. Sintiéndose incomprendido y hasta calumniado en Roma, dispuso alejarse de allí para siempre y se fue a la Tierra Santa, donde nació Jesús.
San Jerónimo pasó sus últimos 35 años en una gruta, junto a la Cueva de Belén. Varias de las mujeres ricas que él había convertido con sus predicaciones y consejos, vendieron sus bienes y se fueron también a Belén para seguir bajo su dirección espiritual. Con el dinero de esas señoras construyó en aquella ciudad un convento para hombres y tres para mujeres. También una casa para atender a los peregrinos que llegaban de todas partes del mundo para visitar el sitio donde nació Jesús.
Haciendo penitencia, dedicando muchos años al estudio de la Santa Biblia, Jerónimo logró redactar muchos escritos llenos de sabiduría que le dieron fama en todo el mundo.
La Santa Iglesia Católica ha reconocido siempre a San Jerónimo como un hombre elegido por Dios para explicar y hacer entender mejor la Biblia. Por eso ha sido nombrado Patrono de todos los que en el mundo se dedican a hacer entender y amar más las Sagradas Escrituras.
El 30 de septiembre del año 420, cuando ya se acercaba a los 80 años y su cuerpo estaba debilitado por tantos trabajos y penitencias, entregó su alma a Dios. Más de la mitad de su vida la había dedicado a la santidad dentro de la gruta citada, concluyó Eliécer Salesman.
