Narrar la despedida paterna

Letras en libertad, columna de Cristóbal León Campos: Narrar la despedida paterna

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Hay episodios en la vida que nos marcan, ya sea por lo trágico en su acontecer, o por lo significativo que resultan; y a veces por ambas razones. Narrar esos sucesos, a veces súbitos y otras tantas agonizantes, es un reto y un ejercicio que requiere de valentía. Abrir las puertas íntimas y revelarlas sin pudor al otro o los otros, y en este caso a las y los lectores, pudiera pensarse como una osadía, y mucho más cuando se trata de la muerte del padre o de la madre.

Esa fue una de las encrucijadas que enfrentó Rodrigo García Barcha cuando publicó “Gabo y Mercedes. Una despedida” (2021), donde narra el tiempo final de su padre, Gabriel García Márquez. Una obra
cuya necesidad surgió del artista, del heredero de esa sensibilidad que acompañó a su padre toda la vida, y que en Rodrigo renació, ya no sólo con la escritura, sino con la producción cinematográfica, un arte que se nutre de la imaginación y del deseo de comunicar como tanto lo hiciera su padre, pero también esta obra surge del ser humano, de ese llorar creando, de ese sentir pensando que nos hace dualidad; que nos hace humanos.

El libro, por naturaleza íntimo y personal, nos conduce por el sentir de un hijo que va recordando los días junto al padre, mientras éste comienza la “despedida”. Rodrigo, con la memoria sensibilizada, ofrece esos instantes de convivencia que le legaron alguna enseñanza o una anécdota que pudiera parecer banal, pero que en el fondo transmiten esa unión eterna entre dos seres que se crearon juntos. Rodrigo, como narrador, se relata a sí mismo, sin necesidad de corregir lo propiamente correcto mientras se espera la llegada de “una muerte anunciada”. Él, como personaje, no está exento de las contradicciones humanas, o quizás más bien de los rasgos que mejor nos definen.

Las páginas, con la cronología lógica de un diario, nos adentran a ese ritual tan latinoamericano que acompaña a la muerte, no únicamente por la carga emocional que, sin duda, se va desbordando cuando
las horas se acercan, sino porque las convenciones sociales dictan normas que la familia va tomando para sí a su manera, reinterpretando algunas y obviando otras, pero siempre conciliando con aquello que
a quien se despide pudiera o no desear para su vista final. Al fin de cuentas, algunas dudas surgen entre lo que se debe y no hacer, pues ¿cómo despedirnos de quien nunca se va?

Rodrigo presenta al padre, al ser humano, a quien junto a su madre le dio la vida y le dejó una suerte de esencias que nunca se van, aunque en ocasiones decidamos ponerlas a un lado, y a la vez el narrador
de la obra nos muestra también, a pinceladas, al Premio Nobel, al autor de obras que trascienden el tiempo y que sin querer marcan a los hijos, huellas de una herencia imperecedera, pero que, al final de los días, pesa o salva según nos enfrentemos al pasado y definamos el futuro.

Y es que la memoria es un recurso narrativo, pero también el lugar donde habita la vida; Rodrigo la evoca para caracterizar al padre y a sí mismo, y de igual forma la memoria se convierte en un elemento
central de la trama, pues la pérdida de ella por parte del novelista del boom latinoamericano significó una suerte de tragedia que condujo el hilo final de la historia de vida de quien creara un mundo, el mundo de Macondo, para darle vida a tantos otros seres mediante sus personajes. Y si se quiere, pudiera esto ser de alguna forma un tipo de ironía existencial.

La despedida, ese instante en que soltamos una mano o acariciamos por última vez un rostro, se convierte en la puerta a la memoria, al recuerdo que estará ahí, quizás cada vez más oculto, pero que aparecerá cuando menos lo esperemos con esos destellos de asociación que traen todo lo vivido al presente, golpeándonos o reconfortándonos, pero, en suma, revelándonos a nosotros mismos. La obra en cuestión es bella en sí, y tiene ese toque emocional para quienes admiramos al ídolo vuelto carne a través de la mirada del hijo; otra paradoja humana.

Por mi parte, aún tengo pendiente narrar la despedida paterna… 

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