Therian: máscaras y vacío de pertenencia

Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: Therian: máscaras y vacío de pertenencia

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En semanas recientes ha causado revuelo en México el fenómeno therian, difundido principalmente en plataformas como TikTok e Instagram. Adolescentes que afirman identificarse con animales, adoptando “apariencia” y dinámicas comunitarias, han encendido alarmas en padres y escuelas.

Pero conviene preguntarnos: ¿es el disfraz el problema… o es el síntoma?

La adolescencia es una etapa de búsqueda de identidad. Hoy esa búsqueda ocurre bajo la influencia constante de algoritmos que no solo muestran contenido: moldean anhelos, normalizan conductas y crean microcomunidades que ofrecen pertenencia inmediata. Para un joven que experimenta ansiedad, soledad o baja autoestima, una comunidad virtual puede convertirse en refugio emocional.

Al parecer nos espantan las máscaras, pero no nos espanta que niños de 10 años ya consuman pornografía.

Nos alarma una cola de zorro, pero no la ansiedad creciente.

Nos inquieta el disfraz, pero no la desconexión emocional.

El fenómeno therian no surge en el vacío. Crece en un contexto de hiperestimulación digital, sobreexposición a pantallas y hogares donde padres e hijos comparten techo, pero no siempre conversación. Cuando la pertenencia no se encuentra en la familia, se busca en la “tribu digital”.

El adolescente no busca dejar de ser humano; busca ser visto.

Por eso, la respuesta no puede ser el ridículo ni el pánico moral. La burla fortalece la identidad grupal; el vínculo la relativiza. Los padres que enfrentan esta situación necesitan menos confrontación y más
conversación: preguntar qué encuentran allí que no encuentran en casa. Reducir pantallas no como castigo, sino como reordenamiento familiar. Reconstruir autoridad desde la cercanía.

La prevención comienza mucho antes de la adolescencia. Empieza en la infancia, cuando se construye una identidad sólida a través de juego compartido, deporte, responsabilidades domésticas, conversación sin dispositivos y presencia real. Los hijos no necesitan padres perfectos, pero sí padres disponibles.

El verdadero desafío no es combatir tendencias virales, sino formar personalidades fuertes, capaces de pertenecer sin diluirse. Una identidad que descansa en el propio cuerpo, en vínculos reales y en un
propósito que trasciende modas digitales.

Si queremos jóvenes que no necesiten esconderse detrás de una máscara para sentirse aceptados, debemos ofrecerles algo más poderoso que cualquier algoritmo: tiempo, límites claros y amor.

Porque la pertenencia auténtica no se descarga en dispositivos, se construye en casa.

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