La verdadera libertad: un camino interior

Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: La verdadera libertad: un camino interior

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En un mundo que habla constantemente de libertad, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué significa realmente ser libres. A las puertas de la Pascua, los cristianos celebramos el acontecimiento central de nuestra fe: Cristo vive. Y con su vida, muerte y resurrección, no sólo nos dejó un mensaje, sino un camino: el de la verdadera libertad. Una libertad que no depende de las circunstancias externas, sino del interior del ser humano.

Durante la Cuaresma, la Iglesia propone una imagen profundamente simbólica: el desierto. No como un lugar de abandono, sino como un espacio de encuentro. En el desierto desaparecen las distracciones, se desdibujan las certezas superficiales y queda lo esencial. Es ahí donde el ser humano puede reconocerse, cuestionarse y, sobre todo, escuchar.

Hoy, en medio del ruido constante, de la prisa y de una cultura que muchas veces confunde libertad con ausencia de límites, esta invitación resulta más actual que nunca. Porque no todo lo que se presenta como libertad realmente lo es. Hay decisiones que prometen autonomía, pero terminan generando dependencia, vacío o confusión.

En este contexto, resuenan con fuerza las palabras del Papa León, quien ha insistido en que la verdadera libertad no puede separarse de la verdad sobre la persona humana. Cuando el lenguaje se manipula y los conceptos se distorsionan, también se desorienta la libertad.

El camino interior —ese “desierto” del que habla la tradición cristiana— no es evasión, sino lucidez. Es un espacio donde el ser humano puede reencontrarse con su dignidad, con su vocación y con el sentido profundo de su vida. Es ahí donde la oración deja de ser un rito y se convierte en diálogo, en apertura, en encuentro.

La Iglesia, consciente de la fragilidad humana, no propone este camino en soledad. Acompaña a través de los sacramentos, de la comunidad y de la guía espiritual. No impone, orienta. No sustituye la libertad, la educa.

En medio de tantas propuestas que prometen plenitud inmediata, vale la pena detenerse. Hacer silencio. Mirar hacia dentro. Preguntarnos si realmente estamos viviendo en libertad o simplemente reaccionando a lo que el entorno nos dicta.

Porque la libertad auténtica no es hacer todo lo que se quiere, sino descubrir aquello para lo que hemos sido llamados.

Y en ese camino, como ha recordado la tradición cristiana a lo largo de los siglos, siempre hay una certeza que permanece:

Cristo vive… y sigue llamando al hombre a ser verdaderamente libre.

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