Ser madre en tiempos de prisa
Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: Ser madre en tiempos de prisa
Ser madre nunca ha sido una tarea sencilla. Pero en los tiempos actuales, se ha vuelto particularmente exigente. Vivimos en una cultura marcada por la prisa, la productividad y la sobrecarga. Todo urge,
todo demanda atención inmediata, todo compite por el tiempo.
En medio de este ritmo acelerado, la maternidad enfrenta una tensión constante: la de responder a múltiples expectativas sin contar, muchas veces, con el acompañamiento o el apoyo necesario.
Hoy se espera que una madre sea todo al mismo tiempo. Profesional exitosa, presente en casa, emocionalmente disponible, informada, paciente, equilibrada. Se le exige dar lo mejor en todos los ámbitos… pero rara vez se le ofrecen las condiciones para lograrlo, ya sabemos de los retos que enfrenta si trabaja fuera de casa por mencionar tan sólo un ejemplo.
A esto se suma un fenómeno silencioso: la culpa.
Culpa por trabajar y no estar lo suficiente en casa. Culpa por quedarse en casa y sentir que no se aprovechan otras capacidades. Culpa por no llegar a todo, por cansarse, por equivocarse. Una exigencia interna que se alimenta, en gran medida, de una cultura que idealiza modelos inalcanzables.
Nunca ha habido tanta información sobre crianza, desarrollo infantil y maternidad. Y, sin embargo, muchas madres se sienten más inseguras que acompañadas. La sobreinformación, lejos de dar claridad, a veces genera confusión.
En paralelo, el entorno tampoco siempre ayuda.
Las jornadas laborales extensas, la falta de políticas de conciliación, el escaso reconocimiento social del cuidado y una dinámica familiar cada vez más fragmentada hacen que muchas madres enfrenten esta etapa en soledad.
Y, sin embargo, a pesar de todo, siguen adelante.
Siguen sosteniendo, cuidando, formando. Siguen encontrando formas de estar, incluso cuando el tiempo no alcanza. Siguen haciendo posible lo que, desde fuera, muchas veces se da por hecho.
Quizá el gran desafío de nuestro tiempo no sea redefinir la maternidad, sino aprender a acompañarla mejor.
Reconocer que cuidar no es perder el tiempo, sino invertirlo en lo más valioso. Entender que la presencia no puede sustituirse por objetos ni por entretenimiento. Y asumir, como sociedad, que apoyar a una madre no es un gesto de buena voluntad, sino una necesidad.
Porque en medio de la prisa, hay algo que no puede acelerarse: el desarrollo de un niño.
Y ahí, en ese ritmo más humano, más pausado y más real, es donde la maternidad sigue cumpliendo su misión.
Porque una madre no necesita hacerlo todo perfecto… necesita, sobre todo, no estar sola en la tarea más preciosa que puede realizar.
