Divulgar el pasado en red

Cuaderno común, columna de Joed Amílcar Peña Alcocer: Divulgar el pasado en red

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Uno de los asuntos más populares en redes sociales es la difusión de contenidos sobre el pasado de nuestra región. Existe una amplia oferta de publicaciones, principalmente en Facebook y YouTube, que
utiliza documentos históricos, imágenes, videos o textos para narrar historias sobre Yucatán, sus personajes, sucesos y curiosidades. La naturaleza de las cuentas que se dedican a esto es variada, desde profesionales de la historia preocupados por la divulgación responsable, hasta personas interesadas en el pasado desde una visión anticuaria o memorialista.

En todos los casos la historia se convierte en un producto para el consumo digital, pero la forma en la que se presenta determina el alcance y la utilidad del conocimiento histórico. Traer el pasado al presente no debe limitarse a publicar imágenes o documentos antiguos; más que eso, la tarea consiste en ofrecer narraciones contextualizadas, sustentadas en evidencias documentales que aporten valor para comprender nuestros procesos sociales, educativos, culturales o políticos. Aquí surge una disyuntiva, generar nostalgia o reflexión. Lo primero es más fácil, lo segundo implica mayor complejidad.

Este problema remite al método para dar contexto a las publicaciones, el cual, a su vez, se vincula con la investigación documental. En su forma más básica, esta consiste en la búsqueda de fuentes bibliográficas o hemerográficas que permitan construir interpretaciones o reconstrucciones del pasado. Este paso es fundamental para evitar anacronismos, presentar como novedad datos explorados previamente o reproducir tradiciones narrativas sin sustento. Para ello se requieren recursos destinados a la lectura, anotación y síntesis, con el fin de generar contenidos que vayan más allá de lo anecdótico.

Otra forma de entender la investigación documental aplicada a la divulgación en redes sociales es la búsqueda en archivos y bibliotecas, sea esta una actividad presencial o virtual. En este caso es importante reconocer que los documentos, sean textuales o gráficos, no aparecen por casualidad en nuestras computadoras o están a la deriva en las estanterías o servidores web a espera de ser descubiertos: han pasado por procesos de catalogación y clasificación que les dan un lugar visible dentro de colecciones específicas. Por ello, una característica básica de la buena divulgación es consignar las instituciones o acervos que resguardan los materiales difundidos.

En este sentido, cabe preguntarse: ¿cuál es el objetivo de algunas páginas que publican imágenes de colecciones digitales públicas, les añaden marcas de agua y omiten la fuente original? Se trata de una mala práctica que se beneficia de la inversión pública, del trabajo archivístico y bibliotecario sin otorgarle el debido reconocimiento, cuando lo más adecuado es incluir una referencia clara sobre la procedencia del documento, en lugar de invisibilizar los repositorios de origen. Una reflexión similar aplica al uso de contenidos de otras publicaciones en redes sociales, de las que frecuentemente se omite la autoría para substituirla por las curiosas frases “créditos al autor” (no quiero dar crédito, no me interesa averiguar de dónde vino)o “no tengo los derechos de autor” (no es mío, pero tampoco sé de quién es).

La divulgación histórica en redes sociales no sólo implica compartir contenidos atractivos, sino asumir una responsabilidad con el conocimiento y con el público. La manera de presentar las fuentes, de construir los relatos y de reconocer el trabajo previo de los demás influye directamente en la calidad de la comprensión histórica que circula en el espacio digital.

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