Un poco más de calor
Cuaderno común, columna de Joed Amílcar Peña Alcocer: Un poco más de calor
Una de las prácticas más usuales en Yucatán, aunque cada vez menos frecuente en las ciudades, es “tomar el fresco” a la puerta de la casa. Esos momentos sirven para compartir una buena cena de panuchos bien dorados o un vaso de refresco al calor de pláticas animadas. Posiblemente, pronto tengamos que cambiar de nombre a ese agradable momento a “tomar calorcito” o “tomar bochorno”, aunque seguro alguien saldrá para decir que “calor siempre ha habido”. Quien lo diga tiene la razón de su parte, pero a medias.
El calor de hoy no es aquel vapor que se disipaba con la brisa de la tarde, aquel que en las jornadas de trabajo al aire libre nos hacía pensar, cuando secábamos la frente, que se notará que estuvimos trabajando. El de ahora es un enemigo silencioso, una vaporosa solidez que se queda habitando en las paredes de la casa y que emana del cemento justo cuando queremos conciliar el sueño.
El verdor de Yucatán va cediendo a la resequedad humeante. Mérida, Progreso y Tizimín son grandes homenajes a la plancha de concreto, por el mismo camino van Izamal, Valladolid, Ticul y Oxkutzcab. La expansión desproporcionada de la mancha urbana en estos lugares ha transformado el paisaje en aras del desarrollo económico, ganadero o agrícola, con efectos duraderos en la economía, pero también en la degradación del ecosistema en el que se encuentran.
El sureste mexicano siempre ha sido caliente, pero nunca tan caliente como ahora. Las evidencias no solo están en los registros del termómetro, también se encuentran en nuestro jadeante andar rumbo al mercado o la tienda de la esquina, en el enojo que sentimos cuando salimos de un refrescante baño y el sudor se apodera del cuerpo en un santiamén. El abanico de mano, el ventilador chino o entalcar el
cuello poco alivian los cálidos días.
Algunas personas creen que, si salimos de la capital hacia los municipios, las cosas mejoran, pero no es así. A los costados de las carreteras se ven los estragos del calor, plantas secas, tierra humeante y grandes extensiones de tierra cubiertas de fuego. Este paisaje no es causado solo por la sequía, es también obra de
la mano humana que se extiende para arrojar a la orilla del camino botellas de vidrio, latas de aluminio y todo género de plásticos. Un envase tirado desde una ventanilla de carro basta para que el sol de mediodía inicie una chispa que se alimenta del”derecho de vía” que se ha convertido en un basurero lineal.
Estos fuegos carreteros no solo consumen la fauna y flora local, sino que envuelven varias zonas pobladas rodeadas de una bruma de humo, de aire pesado, irrespirable, sobre todo, más caliente. Incluso en las zonas rurales, donde la vegetación aún opone resistencia, el calor no da tregua. La deforestación para megaproyectos y la tala “hormiga” han fragmentado el ecosistema peninsular, por lo que Yucatán avanza a un destino que nos depara condiciones casi inhabitables.
El calor regional ahora es motivo de la quejas y memes, esperemos que los lamentos se demoren en llegar.
