Pandora; de Medio Oriente a Nuestra América

Disertaciones, columna de Verónica García Rodríguez: Pandora; de Medio Oriente a Nuestra América

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Durante décadas, la paz se presentó como horizonte posible, hoy se percibe como una utopía o, en el mejor de los casos, una epifanía frágil en medio de la incertidumbre global. Vivimos tiempos en los que no sabemos con certeza cómo despertará el mundo mañana, lo que antes parecía distante —los conflictos en Europa del Este, las tensiones comerciales y militares, las amenazas diplomáticas— se ha vuelto una realidad que estremece también a Nuestra América.

El año comenzó de forma particularmente cruda: la invasión a Venezuela, acompañada del recrudecimiento del bloqueo petrolero a Cuba, reactivó viejas heridas en el continente, pues la presión económica sobre la isla ha profundizado carencias estructurales y ha colocado nuevamente en el centro del debate el papel de las sanciones como instrumento de política exterior. Al mismo tiempo, en México, la violencia volvió a ocupar los titulares tras la detención y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación. Nos recordó que la seguridad en el país sigue siendo aún muy endeble.

Estos hechos, aunque diversos en origen y geografía, parecen formar parte de un clima internacional cada vez más tenso y la percepción de que múltiples conflictos se entrecruzan no es casual. En distintos
escenarios —desde Europa del Este hasta América Latina— la política exterior de Estados Unidos continúa siendo un factor determinante, ya sea por acción directa, por presión económica o por su peso geopolítico. Más que hablar de coincidencias, muchos analistas señalan la existencia de estrategias de contención y reposicionamiento global propias de una potencia que busca mantener su influencia en un mundo cada vez más multipolar.

La más reciente alarma proviene de Medio Oriente. El ataque a Irán y el asesinato de su líder supremo, Alí Jamenei, sacudieron el tablero regional, involucrando a actores como Emiratos Árabes, elevando
el riesgo de una escalada mayor. Las advertencias previas de autoridades iraníes no fueron suficientes para evitar un nuevo ciclo de confrontación. Como ha ocurrido tantas veces, la exhibición de poder militar —misiles, bombardeos, despliegues aéreos— tiene consecuencias que recaen sobre la población civil: familias desplazadas, infraestructuras destruidas y un dolor humano imposible de cuantificar.

Más preocupante aún es la sensación de que el sistema internacional construido tras la Segunda Guerra Mundial muestra signos de agotamiento, pues los mecanismos multilaterales, incluida la propia Organización de las Naciones Unidas, parecen cada vez menos capaces de contener conflictos o de garantizar acuerdos duraderos. La gobernanza global atraviesa una crisis de legitimidad y eficacia.

Mientras tanto, la otra guerra —la mediática— continúa moldeando percepciones y dispersando la atención pública, sin darse cuenta que los efectos materiales de esta inestabilidad se sentirán con mayor fuerza: alzas en los precios energéticos, presiones inflacionarias, disrupciones en cadenas de suministro y nuevas tensiones sociales.

La geografía del poder mundial está cambiando ante nuestros ojos. Desde Medio Oriente hasta Nuestra América, se ha abierto una caja de Pandora cuyos efectos completos aún desconocemos. Lo que sí es
evidente es que los monstruos que puedan emerger no reconocerán fronteras; en un mundo interconectado, ninguna crisis es realmente lejana.

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