Libros, lectura y disertaciones

Disertaciones, columna de Verónica García: Libros, lectura y disertaciones

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Abril, mes del Día Internacional del Libro y también de la niñez, debería ser una celebración natural del encuentro entre ambos mundos. Sin embargo, la realidad nos muestra una distancia cada vez más evidente. Hoy es mucho más común ver a un niño con un celular o una tableta en las manos que con un libro. Y no se trata de condenar la tecnología ni de responsabilizarla por completo del alejamiento de la lectura; más bien, ha venido a sumarse a una serie de factores que, en conjunto, han desplazado al libro del centro de la vida cotidiana.

Vivimos en la era de la fragmentación y la inmediatez. La exposición constante a redes sociales, plataformas digitales e incluso a herramientas de inteligencia artificial genera la ilusión de que todo está al alcance, de que el control reside en nuestras manos. Pero la historia demuestra lo contrario: el control rara vez ha estado en las masas. Por ello, la única vía posible de resistencia sigue siendo el pensamiento crítico, la capacidad de discernir, de cuestionar y de seleccionar con conciencia la información que consumimos.

Más aún en tiempos en los que la comunicación se ha convertido en un campo de batalla. No es exagerado afirmar que hoy las narrativas mediáticas funcionan como armas de guerra. La desinformación, la manipulación y los intereses geopolíticos atraviesan los discursos que circulan a diario, moldeando percepciones y juicios colectivos.

En este contexto, hablar de lectura no es un asunto menor ni banal. Leer es abrir una puerta al diálogo con el conocimiento antiguo y contemporáneo; es encontrarse con otras voces, pero también con uno mismo. Es, en esencia, un acto de construcción del pensamiento propio.

Hoy, ante los conflictos internacionales que involucran a países como Venezuela, Cuba, Irán o Palestina, Israel y Estados Unidos, se vuelve urgente recuperar el valor del conocimiento histórico y cultural. ¿Cómo entender estos procesos sin contexto? ¿Cómo emitir juicios sin conocer las raíces? La ignorancia facilita el prejuicio, y el prejuicio, a su vez, alimenta discursos simplistas que suelen coincidir con los intereses de los grandes medios de comunicación y de las potencias que los respaldan.

En medio de esta incertidumbre global, valdría la pena hacernos preguntas fundamentales: ¿qué era Cuba antes de su revolución?, ¿qué significan conceptos como comunismo, sionismo o islam?, ¿por qué persisten los conflictos territoriales en Medio Oriente?, ¿qué elementos culturales de estas regiones han sido invisibilizados en Occidente? Preguntar es ya un acto de resistencia.

No es casual que, en los momentos más oscuros de la humanidad, los libros hayan sido perseguidos. Desde la quema de códices mayas en el Auto de Fe de Maní, con la intención de borrar una civilización, hasta las hogueras de libros en la Alemania nazi o la persecución de intelectuales durante la dictadura argentina, la historia confirma que el poder teme a la palabra escrita. Porque leer es pensar, y pensar es, inevitablemente, un acto de libertad.

Los libros han sido, y siguen siendo, refugio y trinchera. En ellos habita la memoria, la crítica y también la esperanza. No es casual que obras como El principito, escrita en tiempos de guerra, nos recuerden que lo esencial no es visible a los ojos, sino que se descubre en la profundidad de la mirada y del pensamiento.

Quizá hoy, más que nunca, necesitamos devolver a los niños —y a nosotros mismos— ese encuentro con la lectura. No como una obligación escolar, sino como una posibilidad de comprender el mundo con mayor amplitud y sensibilidad. Porque en medio del ruido, la prisa y la confusión, abrir un libro sigue siendo un acto silencioso de rebeldía… y también una forma de esperanza.

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