Alianza Morena-Verde, sobre arenas movedizas
La política en Quintana Roo vuelve a colocarse sobre arenas movedizas, donde las alianzas, más que convicciones, parecen responder a cálculos de corto plazo...
La política en Quintana Roo vuelve a colocarse sobre arenas movedizas, donde las alianzas, más que convicciones, parecen responder a cálculos de corto plazo. Hoy, la relación entre Morena y el Partido Verde Ecologista atraviesa una tensión silenciosa, pero cada vez más evidente: no es una ruptura institucional —al menos no todavía—, sino un evidente distanciamiento de posturas entre militancias que amenaza con fracturar la base misma del proyecto político que los llevó al poder.
En el centro de esta tensión aparece la figura de Rafael Marín Mollinedo, considerado por muchos como el fundador real de Morena en el estado. Su aspiración a la gubernatura no sólo ha reactivado viejas lealtades, sino que ha desatado una narrativa que incomoda —y mucho— al Verde Ecologista: la bandera “anti-verde”.
No es una consigna menor. Es, en esencia, un cuestionamiento directo a la alianza que ha sido clave para el dominio electoral en Quintana Roo.
Los morenistas de cepa, aquellos que se asumen como fundadores y que construyeron el movimiento antes de que fuera gobierno, hoy parecen desbordados en su respaldo a Marín Mollinedo.
Y ese respaldo no es únicamente político, sino también simbólico: representa una especie de reivindicación frente a lo que consideran una “invasión” de intereses externos, particularmente del Verde, al que ven más como un socio pragmático que como un aliado ideológico.
Ahí radica el fondo del problema. Mientras el Verde Ecologista ha demostrado ser una maquinaria electoral eficaz, aportando votos decisivos en cada proceso, los morenistas más ortodoxos no terminan de aceptar esa relación como algo natural. La ven como una concesión, ni siquiera como un mal necesario.
Es en ese contexto que la exigencia comienza a tomar forma: si hay alianza, que sea en términos justos. Es decir, que al Verde se le otorgue el número de candidaturas que realmente le corresponden por el porcentaje de votos que aporta, ni más ni menos.
Pero el asunto no es tan sencillo. El Verde no es un actor menor ni está dispuesto a reducir su influencia sin dar batalla. Ha construido posiciones de poder, controla espacios clave y ha sabido insertarse con habilidad en la estructura de gobierno. Pensar que aceptará una redistribución de candidaturas sin tensar la cuerda es, por decir lo menos, ingenuo.
El escenario se complica aún más cuando se plantea la posibilidad contraria: que Rafael Marín Mollinedo no sea el candidato. En ese caso, la pregunta que recorre los pasillos de Morena es incómoda pero inevitable: ¿se alinearán los fundadores? ¿actuarán de manera institucional o marcarán distancia?
La historia reciente de la política mexicana demuestra que las lealtades partidistas son cada vez más frágiles cuando entran en juego proyectos personales o visiones encontradas. Y en Quintana Roo, ese riesgo es particularmente alto. Los morenistas de primera hora no se sienten representados por todos los perfiles que podrían surgir desde una lógica de coalición. Para ellos, la candidatura no es sólo una posición política, sino una definición de identidad.
Si Morena decide privilegiar el equilibrio con el Verde por encima de sus bases, podría enfrentar una desmovilización silenciosa pero efectiva. No necesariamente una rebelión abierta, pero sí una falta de entusiasmo, de operación, de esa mística que fue clave en sus primeras victorias. Y en política, la falta de entusiasmo suele pagarse caro.
Por otro lado, si se rompe el equilibrio con el Verde para satisfacer a los morenistas más duros, el costo podría ser igual de alto: perder la estructura electoral que ha garantizado triunfos contundentes. Es, en suma, un juego de suma cero donde cualquier decisión implica riesgos.
Lo que está en juego no es únicamente una candidatura, sino la viabilidad de una alianza que, hasta ahora, ha funcionado más por conveniencia que por convicción. Y cuando las alianzas carecen de convicción, basta una para ponerlas al borde del colapso.
Quintana Roo se encamina así a una definición política compleja. No se trata sólo de elegir a un candidato, sino de decidir qué tipo de proyecto quiere sostener Morena: uno anclado en sus raíces o uno adaptado a las exigencias de la coalición. Porque, al final, la verdadera ruptura no será entre partidos, sino entre visiones. Y esas, cuando se enfrentan, rara vez encuentran puntos medios.
