La ‘justa’ repartición de candidaturas Morena-Verde
La política, cuando se reviste de números, suele pretender objetividad, pero en el fondo, casi siempre es negociación, presión...
La política, cuando se reviste de números, suele pretender objetividad, pero en el fondo, casi siempre es negociación, presión y cálculo.
La reciente de Morena (sus fundadores) para que su aliado, el Partido Verde Ecologista de México, reciba candidaturas en proporción directa a los votos que aporta a la alianza en Quintana Roo, abre una discusión que va más allá de la aritmética electoral: pone sobre la mesa el verdadero equilibrio de poder dentro de la coalición gobernante.
A primera vista, la propuesta parece razonable. Si un partido aporta votos, estructura y presencia territorial, ¿por qué no traducir ese peso en candidaturas? Bajo esa lógica, se trataría de un esquema más “justo” y medible que los acuerdos tradicionales basados en cuotas políticas o decisiones cupulares.
Los morenistas en este sentido, buscan ordenar la relación con su aliado bajo criterios cuantificables, evitando —al menos en el discurso— la discrecionalidad.
Sin embargo, la política no es una hoja de cálculo. En Quintana Roo, el Verde ha demostrado ser mucho más que un simple sumador de votos: ha sabido insertarse en espacios clave de poder, construir cuadros locales y, sobre todo, negociar con habilidad su permanencia en la alianza.
Su fortaleza no radica únicamente en el porcentaje electoral que aporta, sino en su capacidad de operar políticamente en momentos decisivos.
Por eso, la propuesta de Morena también puede leerse como un intento de contención. Es, en cierta medida, un mensaje: las reglas deben cambiar para evitar que el aliado crezca más allá de lo que la fuerza dominante considera conveniente. Traducir la política a porcentajes puede ser, en el fondo, una manera elegante de limitar aspiraciones.
El problema es que este tipo de planteamientos corre el riesgo de tensar una relación que, hasta ahora, ha sido funcional.
La alianza Morena-Verde en Quintana Roo ha sido una maquinaria eficaz para ganar elecciones, pero también ha estado marcada por equilibrios delicados. Si uno de los actores siente que las nuevas reglas no reflejan su peso real —que no siempre es estrictamente electoral—, la cohesión puede comenzar a resquebrajarse.
Además, hay un elemento que no debe perderse de vista: el electorado. Para los ciudadanos, estas discusiones suelen percibirse como repartos de poder más que como ejercicios de democracia interna. El riesgo para ambos partidos es que la narrativa de “quién merece cuántas candidaturas” termine alejando el debate de los temas que realmente importan: seguridad, desarrollo, servicios públicos y crecimiento ordenado en un estado con enormes retos.
En el fondo, la petición de Morena refleja una etapa de maduración —o de tensión— dentro de la alianza. Ya no se trata solo de ganar elecciones, sino de administrar el poder ganado. Y en ese terreno, las fórmulas matemáticas pocas veces alcanzan.
Quintana Roo será, una vez más, el laboratorio donde se pongan a prueba estas nuevas reglas. La pregunta es si la alianza logrará encontrar un equilibrio entre la lógica electoral y la realidad política, o si este intento de medir el poder en porcentajes terminará evidenciando que, en política, lo que cuenta no siempre se puede contar.
