San Jerónimo, el sabio estricto (I)

Mitos y cavernas, columna de Carlos Evia Cervantes: San Jerónimo, el sabio estricto (I)

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Muchos religiosos cristianos utilizaron las grutas durante cierto tiempo de su vida para meditar. San Jerónimo, gran estudioso de la Biblia, lo hizo en los últimos 35 años de su existencia. Leamos su historia.

Nació en Dalmacia en el año 342, región que hoy pertenece a Croacia. Sus padres tenían buena posición económica y lo enviaron a estudiar a Roma. Así lo publicó Eliécer Salesman.

En la Ciudad Eterna estudió latín bajo la dirección del más famoso profesor de su tiempo, Donato, quien hablaba perfectamente el latín, pero era pagano. Esta instrucción recibida por un hombre muy instruido pero no creyente, condujo a Jerónimo a ser un gran latinista y muy buen conocedor del griego y de otros idiomas, pero muy poco conocedor de los libros religiosos. Leía con avidez a Cicerón, Virgilio, Horacio y Tácito, y a los griegos Homero, y Platón, pero no dedicaba tiempo a leer libros religiosos que pudieran volverlo más espiritual.

Jerónimo escribió en una carta y dijo que, en un sueño, tuvo una visión aterradora. Compareciendo ante el Todopoderoso, éste le reclamó que no leyera las Sagradas Escrituras y el Señor pidió que borraran a Jerónimo de la lista de los cristianos católicos. Jerónimo se despertó llorando y de allí en adelante dedicó su tiempo a estudiar la Biblia. Posteriormente, se fue al desierto para hacer penitencia por sus pecados, especialmente por su sensualidad que era muy fuerte. También pecaba de un terrible mal genio y su gran orgullo. Lamentablemente, aunque rezaba mucho y ayunaba severamente, durante un tiempo no conseguía la paz.

Jerónimo narró en otra carta cómo fueron las tentaciones que sufrió en el desierto. En su imaginación le parecía estar en medio de las fiestas mundanas de Roma, contemplando a las bellas bailarinas. Los malos deseos lo atormentaban noche y día. Su alimentación era desabrida y cualquier alimento cocinado le habría parecido un manjar exquisito. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar el hambre y la sed, adelgazó mucho y la piel casi se le pegaba a los huesos. A pesar de que oraba todo el día, las pasiones seguían asediándolo sin cesar. Finalmente, gracias a sus plegarias a Dios, pudo superar tan fuertes tentaciones y
alucinaciones.

Cuando volvió a Roma, sucedió que los obispos de Italia tenían una gran reunión o concilio con el Papa, y habían designado a San Ambrosio como secretario; pero este se enfermó y decidieron nombrar a Jerónimo para el cargo. Entonces se dieron cuenta de que era un gran sabio, que hablaba perfectamente el latín, el griego y varios idiomas más.

El Papa San Dámaso, que era poeta y literato, lo puso como su secretario, encargado de redactar las cartas que el Pontífice enviaba, y más adelante le encomendó un oficio importantísimo: hacer la traducción de la Santa Biblia. (Continuará).

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