Cuando el ritmo silencia el mensaje: Reflexiones tras el espectáculo del Super Bowl
Palabra de mujer, columna de Ivette Laviada: Cuando el ritmo silencia el mensaje: Reflexiones tras el espectáculo del Super Bowl
El Super Bowl no es solo un evento deportivo: es uno de los espectáculos más vistos del mundo y, por ello, un poderoso termómetro cultural. El show de medio tiempo concentra la atención de millones de
personas y proyecta, consciente o inconscientemente, una narrativa sobre quiénes somos, qué celebramos y qué estamos dispuestos a normalizar.
La participación de Bad Bunny dejó sensaciones encontradas. Es innegable su capacidad de convocatoria y el atractivo de su ritmo, contagioso y eficaz para encender multitudes. Sin embargo, el problema no está en el compás, sino en el contenido. Letras balbuceantes, difíciles de entender, cargadas de vulgaridad, misoginia y referencias constantes al sexo y a las drogas, plantean una pregunta incómoda: ¿eso es lo que queremos aplaudir como representación cultural?
Si el espectáculo buscaba abrir una ventana a la sociedad latinoamericana, hay que decirlo con claridad: no todos nos sentimos representados. El mundo latino es ritmo, sí, pero también historia, familia, creatividad, resiliencia y profundidad. Reducirlo a mensajes que denigran a la mujer y banalizan la vida es empobrecer una identidad rica y compleja. El ritmo puede ser vibrante sin que el mensaje sea vacío.
Lo más preocupante es lo que este fenómeno revela sobre el gusto contemporáneo. Vivimos una especie de involución cultural en la que lo pegajoso sustituye a lo valioso y lo popular se confunde con lo bueno. No todo lo que atrae multitudes edifica. La música no es neutral: educa sensibilidades, moldea imaginarios y normaliza conductas. Cuando el mensaje es reiteradamente negativo, el daño no es inmediato, pero sí
profundo.
La inclusión de Lady Gaga dejó ver otra arista del espectáculo. Su talento vocal es indiscutible, pero su presencia pareció responder más a un afán de inclusión que a una coherencia artística real. El contraste, paradójicamente, puso en evidencia algo cierto: el latino tiene sazón, un ritmo propio que no se improvisa ni se fuerza. Sin embargo, esa riqueza rítmica pierde sentido cuando se vacía de contenido.
Por su parte, la queja de Ricky Martin —al advertir sobre no repetir lo ocurrido en Hawái— abre una reflexión adicional. Cuando se critica una cultura o un país desde el interior, surge inevitablemente la pregunta por la coherencia: ¿qué significa pertenecer, beneficiarse y, al mismo tiempo, rechazar lo que no gusta?
El espectáculo del Super Bowl no solo entretiene; también revela. Refleja lo que somos, o al menos lo que estamos dispuestos a consumir sin cuestionar. Tal vez el problema no sea quién estuvo en el escenario, sino qué aplaudimos desde las gradas.
Porque cuando el ritmo nos impide escuchar el mensaje, no estamos celebrando cultura: estamos renunciando al criterio.
