Esferas de desaseo y odio
Debate y salud, columna de Jacinto Herrera León: Esferas de desaseo y odio
A manera de saga, con respecto a nuestra entrega de la semana pasada, donde hablamos sobre la violencia entre iguales, amén de la ya conocida y pululante violencia vertical, que evidencia la falta
de oficioen puestos administrativos, que allende al México turbulento del siglo XXI. Hoy analizaremos otro flagelo social, refiriéndome al odio, ante lamentables escenarios en América.
Lo dictado no desea normalizar los cambios globales, cuando de violencia, odio o pérdida de vidas humanas hablamos en el mundo; más bien, trato de aterrizar este fenómeno global a espacios específicos del microcosmos dentro del cual nos movemos a diario, y donde sí hemos normalizado y sin defensa alguna, actitudes destructivas contra nuestros congéneres, amigos, trabajadores, propios y extraños.
Existen en áreas laborales aquellos violentos inestables, que por sí solos no son nada, pero se sienten valientes marionetas, que apenas alcanzan pírricos triunfos seguido de corifeos, como analizaría Freud en su momento. Cualquier semejanza con representantes, amigos, colegas o rinconeros(as) de archivo, son pura coincidencia. Hago alusión al artículo extraído del foro llevado cabo por la Asociación Taller de Educación en Valores Alternativos.
¿Pero qué es este fenómeno del odio entre semejantes, que cual bola de nieve crece, incrementando la brecha de otrora cohesión social? Pues se piensa que el odio (y su otra cara el miedo), son dos de las
emociones más potentes, más manipulables y de las que más fácilmente entran en espiral viciosa.
Tiene el odio un componente básico de aversión, de rechazo, de desprecio incluso, pero posee también una faceta visible de ira que es, cuando esta se acumula, la que estalla.
No hay emociones negativas. Las hay que generan bienestar o malestar, pero todas tienen (y han tenido) una función evolutiva. Es natural que se sienta aversión y rechazo frente a todo lo que nos amenaza o nos hace daño, o simplemente nos dificulta, y es lógico que este rechazo se traduzca en indignación y rabia frente a personas, grupos o situaciones que nos dañan o niegan. Sin estos sentimientos no buscaríamos una acción transformadora.
Sin duda, este odio te lleva, como ha sucedido más que nunca, a dos caminos posibles claramente diferenciados: por un lado, el complejo de aversión-ira, realimentándose y desembocando en conductas contrarias a la ética y a la racionalidad, por el otro rechazo-indignación, que induce y potencialmente produce una acción transformadora, ética y racionalmente ajustada (sin visceralidad inútil y grotesca). La ira -como el miedo con el que convive e intercambia- es la reacción ante una situación o acción que se supone -o percibe- como peligrosa. Así que es complejo aversión-ira entra en espiral y luego de “atosigarse”, conduce a la persona o al grupo, a una explosión llamativa cuyo potencial destructivo deciden ignorar.
Lo que más nos envilece es que ese odio e indignación no se dirija contra las verdaderas causas, como el que muchas personas estén hartas de las continuas violaciones a sus derechos, con trabajos en condiciones infrahumanas o a su juicio denigrantes, que tan solo las lleva a acudir, cumplir y cobrar cada quincena. Podríamos llamarlo la frustración ante la mercantilización que envuelve la vida (Baschet, 2015-Soler y Delgado 2018); porque vertimos el odio hacia los falsos culpables, podría ser la herencia “fascista, la herencia autoritaria o la manipulación, con berrinches y calumnias infundadas. No hay tregua.
