Xavier Batista: cartelista revolucionario (y II)

Cuaderno común, columna de Joed Amílcar Peña Alcocer: Xavier Batista: cartelista revolucionario (y II)

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Batista perteneció a una generación de artistas e intelectuales que crecieron al amparo del socialismo yucateco de las primeras décadas del siglo XX, su militancia la desarrolló desde su trabajo como caricaturista; sin embargo, su actividad intelectual fue más amplia. Entre 1917 y 1918 dirigió la revista “El Cyrano”, no fue la única publicación que dirigió, aunque gracias a ella se integró a las redes literarias de la época.

Su cercanía con diversos escritores yucatecos quedó reflejada en las dedicatorias de los libros que tuvo en su colección personal. En 1919, el escritor Horacio E. Villamil le dedicó la obra “El alfiler de oro”, exaltando su “noble espíritu artístico”, evidenciando el compañerismo intelectual que compartían; años más tarde, Alejandro Cervera Andrade le dedicó “Historia de una aguja hipodérmica y otras historias” (1943) y, en el mes de septiembre de 1923, el poeta Pedro Caballero le obsequió su libro “De mi ruta”.

Aunque la caricatura ocupó el centro de su producción, Batista dedicó parte importante de su vida a la literatura. Algunos de sus libros que hemos podido registrar son “Retratos esbozados” (1921), “Paréntesis” (1940), “Apuntes” (1950) y “El canto de la cigarra” (1952), en ellos encontramos a un poeta que poca atención ha llamado entre nuestros estudiosos y estudiosas. Incluso incursionó en el teatro regional con la
pieza “La alfombra encantada” (1938); pero la vida política de Batista estuvo lejos de ser exitosa.

Como ocurrió con muchos intelectuales vinculados a proyectos revolucionarios, las transformaciones del poder político terminaron desplazándolo. Batista fue propuesto como director de la Escuela de Bellas Artes, pero al practicar el arte menor de la caricatura sucumbió a la presión de sus críticos. A pesar de este duro revés permaneció ligado a ciertas convicciones éticas incluso cuando el socialismo yucateco comenzaba a fragmentarse. Un testimonio de Alvar Carrillo Gil permite observar esa persistencia ideológica, durante el periodo conocido popularmente como el “marentazo” de 1952-1953, recordó que Xavier Batista y Fernando Castro Pacheco fueron los únicos artistas que se negaron a participar en una exposición colectiva organizada para agradar al nuevo gobernador. El episodio, aunque aparentemente menor, revela una coherencia política poco común en un contexto en el que las lealtades cambiantes estaban a la orden del día.

Xavier Batista parece resumir el destino de muchos valores intelectuales de la región en el siglo XX, que intentaron construirse como artistas entre la modernidad y la vida política, pero cuya memoria sigue esperando en los archivos por quien se interese en ella.

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