Prohibiendo las redes sociales
Conexiones, columna de Raúl Ancona: Prohibiendo las redes sociales
Columna de Raúl Ancona
El primer “gadget” de lentes con cámaras salió en el 2012, le llamaron los “Google Glass”, fracasaron no sólo por su estética de ciencia ficción de bajo presupuesto, sino porque la sociedad aún no estaba
lista para que cualquiera llevara una cámara pegada a la ceja.
En 2026, el panorama ha cambiado drásticamente, las gafas inteligentes con las Ray-Ban Meta va a la cabeza y Apple asomando en el horizonte son elegantes, ligeras, con distintos colores y diseños, como si fuera un accesorio de moda. Pero tras ese diseño “fashion” se esconde una de las crisis de privacidad más profundas de la era digital.
El problema fundamental no es la tecnología, sino la presencia de la captura de datos sin consentimiento. A diferencia de un smartphone, que requiere el gesto deliberado de levantar el brazo y apuntar, las
gafas graban lo que el usuario simplemente mira. Esta sutileza rompe el pacto social del anonimato en espacios públicos.
Recientemente, hemos visto casos alarmantes. En España, las primeras detenciones por grabar a mujeres sin su consentimiento en la calle para alimentar redes sociales han encendido las alarmas. Pero el
escándalo ha escalado a nivel corporativo, la demanda colectiva interpuesta contra Meta en marzo de 2026 revela una verdad incómoda.
Los demandantes alegan que contratistas humanos en países como Kenia revisaron grabaciones íntimas, desde momentos en baños hasta escenas de habitaciones bajo el pretexto de “entrenar la IA”. Lo que Meta vendió como “privacidad por diseño” se ha convertido, para muchos, en un sistema de espionaje doméstico o en espacios públicos.
La industria intenta calmarnos con una pequeña luz LED que parpadea cuando se graba. Es un mecanismo insuficiente. No solo es fácil de ocultar con una simple calca o los llamados “ghost dots”, sino que en
ambientes iluminados o a cierta distancia, es prácticamente invisible. En el momento que pones a grabar, la luz parpadea, sin embargo creo que debería existir otro mecanismo de seguridad donde alerte a la
persona que se aproxima.
Además, el experimento de los estudiantes de Harvard, que combinaron estas gafas con software de reconocimiento facial en tiempo real, demostró que el peligro no es solo ser grabado, sino ser identificado en segundos mientras caminas por la calle.
¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestro derecho a no ser rastreados por la comodidad de tener un asistente de voz y una cámara manos libres? La regulación, como siempre, va a remolque. El Reglamento General de Protección de Datos europeo es estricto, pero su aplicación en dispositivos de uso personal “escurridizos” es un reto monumental. En México todavía no contamos con regulaciones de este tipo, incluso crear campañas de información sobre estos casos que están sucediendo alrededor de nosotros.
La privacidad no es algo que simplemente tengamos; es algo que protegemos activamente, si permitimos que el espacio público se convierta en un set de grabación constante, perderemos la libertad de ser nosotros mismos fuera de casa.
Las gafas inteligentes son una maravilla de la ingeniería, pero su éxito actual es un síntoma de nuestra creciente apatía ante la vigilancia. Si las empresas no implementan indicadores de grabación físicamente imposibles de ocultar y si las leyes no penalizan severamente el uso de estos dispositivos en espacios sensibles, clínicas, gimnasios, baños, terminaremos viviendo como en un Programa de Televisión donde nos podrían grabar por todos lados.
La innovación no puede ser la poderosa herramienta que termine de destruir los muros de nuestra intimidad. Al final del día, la pregunta no es qué pueden ver nuestras gafas, sino qué estamos dejando de ver nosotros mientras ellas graban: el derretimiento de nuestra propia libertad.
