Crónica y memoria: la voz de las mujeres en Mérida
Disertaciones, columna de Verónica García Rodríguez: Crónica y memoria: la voz de las mujeres en Mérida
La crónica es uno de los géneros periodísticos y literarios más versátiles que existen. En ella cabe todo: la política, el deporte, la vida cotidiana y hasta los eventos sociales. No hay tema menor cuando se trata de narrar la realidad con mirada atenta y sensibilidad. Viene a cuento recordarlo porque, en días recientes, la figura de la crónica y de quienes la ejercen ha ocupado la conversación pública en Yucatán. Ante ello, más que repetir lo ya dicho, destacando las denuncias de las colectivas “Jach Yucatecas” y “Ya no somos invisibles”, vale la pena mirar hacia atrás y reconocer una historia que durante mucho tiempo fue parcialmente silenciada: la de las mujeres cronistas.
A pesar de los procesos de invisibilización, las mujeres han tenido un papel fundamental en la construcción de la memoria escrita en México. Nombres como Leona Vicario —quien, además de insurgente, fue una de las primeras periodistas del país al colaborar en El Ilustrador Americano— nos recuerdan que desde los orígenes de la nación las mujeres han narrado la historia desde dentro. En el ámbito cultural y antropológico, Ángeles Gamio aportó una mirada pionera al estudio del patrimonio y la vida social mexicana. Más cercanas en el tiempo, Cristina Pacheco convirtió la crónica urbana en un ejercicio de dignificación de la vida cotidiana a través de espacios como Aquí nos tocó vivir, mientras Elena Poniatowska dejó una huella indeleble con obras como La noche de Tlatelolco (1971), donde recogió las voces silenciadas de un episodio clave de la historia contemporánea.
En Yucatán, Rosario Sansores ocupa un lugar imprescindible. Escritora y periodista, fue pionera de la crónica social en México durante la primera mitad del siglo XX. Desde periódicos como Hoy y Novedades, narró la vida social de su tiempo —fiestas, presentaciones, celebraciones—, pero también construyó, quizá sin proponérselo explícitamente, una imagen de mujer moderna: autónoma, profesional, capaz de sostenerse a través de la escritura en una época que limitaba severamente el espacio público femenino. Lo que en su momento fue visto como un ejercicio menor o romántico, hoy puede leerse como una forma temprana de presencia y resistencia.
La mirada de las mujeres cronistas ha sido clave para comprender la complejidad social, política y cultural del país. Sin embargo, la pregunta persiste: ¿por qué han tenido que pasar tantos años para que, en la ciudad de Mérida, se reconozca oficialmente a mujeres cronistas? Resulta paradójico que en un estado con una rica tradición de escritoras, incluso cronistas comunitarias, su incorporación en la capital haya sido tan tardía.
El reciente nombramiento de María Teresa Mézquita e Ileana Lara Navarrete como cronistas de la ciudad de Mérida representa, sin duda, un paso significativo. Mézquita ha trabajado durante años en la visibilización de las mujeres en la historia, la cultura y las artes, mucho antes de que estos enfoques se volvieran tendencia en el discurso público. Por su parte, Ileana Lara, desde su formación como arquitecta urbanista, ha ofrecido una lectura profunda de la ciudad, como puede apreciarse en su obra Huellas de Mérida, publicada por
la Biblioteca Básica de Yucatán, donde la urbe se revela como un espacio vivo de memoria y transformación.
Este reconocimiento, aunque tardío y no exento de polémica, abre una puerta necesaria. No se trata solo de sumar nombres, sino de ampliar las formas de mirar y narrar la ciudad. Quizá, a partir de ahora, más mujeres encuentren un lugar en este ejercicio de memoria colectiva. Porque contar la historia también es una forma de habitarla, y sin la voz de las mujeres, esa historia siempre estará incompleta.
