En terapia intensiva, otrora paraíso peninsular

Durante años, Yucatán y Quintana Roo fueron ejemplo de tranquilidad, identidad cultural y calidad de vida...

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Durante años, Yucatán y Quintana Roo fueron ejemplo de tranquilidad, identidad cultural y calidad de vida. Hoy, sin embargo, ambas entidades enfrentan una realidad distinta. El crecimiento acelerado, la migración masiva y la gentrificación han transformado profundamente el rostro de la Península. Lo que para algunos representa progreso y modernidad, para otros comienza a reflejarse en hospitales saturados, enfermedades en aumento y una progresiva erosión del tejido social.

Nadie puede negar que el desarrollo económico trae beneficios. El problema aparece cuando el crecimiento se convierte en un fin en sí mismo y la salud pública deja de formar parte de la ecuación. Hace apenas veinte años, la demanda de servicios médicos en la región era considerablemente menor. La población crecía de manera gradual y las instituciones sanitarias podían responder con relativa eficiencia. Hoy la situación es distinta. Miles de personas llegan cada año atraídas por la seguridad relativa de Yucatán o por las oportunidades económicas de Quintana Roo. Sin embargo, la infraestructura hospitalaria no ha crecido al mismo ritmo que la población.

Las consecuencias son evidentes. Aumentan las consultas, se prolongan los tiempos de espera, se incrementa la demanda de medicamentos y se multiplica la presión sobre médicos, enfermeras y personal sanitario. La saturación no siempre aparece en las estadísticas oficiales, pero sí en las salas de espera, en los pasillos y en la percepción cotidiana de los ciudadanos.

A ello se suma un fenómeno epidemiológico complejo. El dengue, favorecido por la urbanización acelerada, las lluvias intensas y el crecimiento desordenado de asentamientos humanos, mantiene una presencia constante. Mientras tanto, las enfermedades metabólicas avanzan silenciosamente. La obesidad, la diabetes, la hipertensión arterial y las enfermedades cardiovasculares muestran cifras superiores a las observadas hace dos décadas. La modernidad ha traído consigo jornadas laborales más largas, menos actividad física, mayor dependencia de alimentos ultraprocesados y un estilo de vida que favorece la enfermedad crónica.

Sin embargo, quizá el daño más profundo sea menos visible. La gentrificación modifica barrios enteros, incrementa el costo de la vivienda y desplaza gradualmente a quienes históricamente dieron identidad a las comunidades. La consecuencia no es únicamente económica. También afecta la salud mental. Ansiedad, estrés, insomnio, sensación de pérdida de pertenencia y deterioro de las redes familiares comienzan a formar parte del costo humano del crecimiento.

Resulta paradójico que regiones reconocidas por su calidad de vida enfrenten ahora problemas asociados precisamente a su éxito económico. El desarrollo sin planeación puede terminar destruyendo su atractivo.

La salud pública debería ocupar un lugar central en cualquier proyecto de crecimiento regional. No basta construir más edificios, abrir más hoteles o promover inversiones millonarias. También es necesario fortalecer hospitales, ampliar centros de salud, garantizar agua potable, proteger áreas verdes y preservar espacios comunitarios.

La historia demuestra que las sociedades que sacrifican la salud colectiva en nombre del crecimiento terminan pagando un precio elevado. Hospitales rebasados, enfermedades crónicas fuera de control, problemas de salud mental y deterioro ambiental son síntomas de una misma enfermedad: la falta de planeación con visión humana. Bájenle a la ambición y apoyemos la salud.

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