Gurús, humo y millones: la gran mentira del metaverso
Hubo un momento —no tan lejano— en el que parecía imposible abrir una conversación sobre tecnología sin que apareciera el “futuro inevitable” del metaverso...
Hubo un momento —no tan lejano— en el que parecía imposible abrir una conversación sobre tecnología sin que apareciera el “futuro inevitable” del metaverso. Conferencias, inversiones, cursos, terrenos virtuales, promesas de una nueva vida digital: todo desde la comodidad de la sala de la casa, pero con la ansiedad de la urgencia.
Pero hoy, el metaverso ya no existe. No hubo despedidas, ni balances serios, ni autocrítica colectiva; simplemente desapareció de la conversación pública, como si nunca hubiera sido esa gran revolución que —decían— ya estaba ocurriendo… porque, de hecho, nunca ocurrió, nunca despegó y terminó en un fracaso tecnológico que vivió únicamente de las expectativas.
Porque más allá de Meta Platforms o de Mark Zuckerberg, que podrán cargar con decisiones estratégicas cuestionables, el verdadero problema no estuvo en la tecnología, sino en el ecosistema que se montó alrededor de ella y que jamás tenía en mente enseñar sobre ella, únicamente venderla.
Y es aquí donde entraron “los de siempre”. Carlos “Master” Muñoz, Willyrex y toda una camada de gurús, coaches y falsos visionarios que encontraron en la Web 3.0 el pretexto perfecto para activar la maquinaria del FOMO. No importaba si el modelo era sostenible, si había casos de uso reales o si la tecnología estaba madura. Lo importante era instalar la idea de urgencia: “si no entras hoy, te quedas atrás”.
Antes fueron los NFT, vendidos como activos revolucionarios que democratizarían el arte y generarían riqueza. Después, el metaverso, como la nueva frontera donde había que comprar, invertir, construir identidad digital. En ambos casos, el resultado fue el mismo: una burbuja inflada más por narrativa que por utilidad en el mundo real.
Y la cuestión no está en que la tecnología sea o no inútil: es que ni siquiera la dejaron trabajar.
Y ese matiz importa más de lo que parece, porque hoy estamos viendo el mismo patrón con la inteligencia artificial. Cursos exprés, fórmulas mágicas, promesas de automatizar negocios enteros con un par de prompts. Todo con la sensación de que quien no entienda esto ahora, está condenado a quedarse fuera.
Las herramientas realmente transformadoras no necesitan ser gritadas como urgencia permanente. Se adoptan de forma gradual en la vida diaria, especialmente donde aportan valor a lo que ocurre en el mundo real. Lo demás —el ruido, la sobrepromesa, el discurso inflado— suele venir de quienes no están construyendo nada, pero sí necesitan vender la idea de que lo están haciendo.
El metaverso no fue un fracaso tecnológico tan claro como lo fue un fracaso narrativo. Un recordatorio de que no todo lo que se presenta como “el futuro” merece ser comprado como presente. Y, sobre todo, de que el verdadero riesgo no está en quedarse fuera de una tendencia, sino en entrar a todas sin entender ninguna.
