IA: creemos más, dudamos menos… y compartimos peor

Durante años se nos dijo que las redes sociales democratizarían el conocimiento. Lo que ocurrió fue otra cosa: nos acostumbramos a desconfiar. No porque la información...

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Durante años se nos dijo que las redes sociales democratizarían el conocimiento. Lo que ocurrió fue otra cosa: nos acostumbramos a desconfiar. No porque la información fuera escasa, sino porque empezó a circular filtrada por la autocomplacencia intelectual de los usuarios. Compartimos datos no para entender mejor el mundo, sino para confirmarnos que ya teníamos razón.

Hoy, la Inteligencia Artificial (IA) corre el riesgo de repetir ese camino.

La premisa de la IA es distinta —conocimiento compartido, síntesis, apoyo al pensamiento humano—, pero su uso cotidiano empieza a torcerla. Poco a poco la estamos convirtiendo en una especie de tamagochi digital: un amiguito que, con solo escribirle unas líneas, nos devuelve respuestas hechas a la medida de nuestras creencias, miedos e ideas previas. No nos confronta; nos reafirma.

Y no se trata de exigirle a la IA que piense por nosotros ni que cuestione nuestras convicciones. La independencia de la mente humana sigue siendo irrenunciable. Sin embargo, uno de los grandes valores de esta relación humano-máquina es justo el contrario: la posibilidad de detectar ángulos que nuestra propia visión del mundo nos impide ver.

El problema surge cuando, como ocurrió con las redes sociales, dejamos de usar la herramienta para ampliar el horizonte y empezamos a usarla como refugio. La IA se vuelve entonces un repositorio de traumas, filias y fobias; un espacio cómodo donde no hay fricción, ni contradicción, ni necesidad de replantearse nada.

Esto es incluso más peligroso que lo ocurrido con las plataformas tradicionales. En redes, al final, somos nosotros quienes escribimos nuestras ideas o replicamos las de otros. Con la Inteligencia Artificial, en cambio, interviene un “ente” capaz de reorganizar, pulir y devolver pensamientos de tal forma que terminan pareciendo propios, aunque no lo sean del todo. Así, sin notarlo, delegamos también la capacidad de pensar.

Claro, este escenario puede sonar catastrófico. Algo similar se dijo en los primeros años de las redes sociales. El tiempo demostró que el problema no era la tecnología, sino el uso que hicimos de ella. Y hoy, otra vez, el riesgo no está en la herramienta, sino en nuestra comodidad al usarla para todo, menos para no cuestionarnos.

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